Hablando del Trastorno Límite de Personalidad (TLP)

‘Me llamo Matilda y tengo TLP’ – así pensé que debía presentarme en mi primera sesión de la terapia de grupo.
Afortunadamente no fue tan violento, la razón por la que me encontraba entre toda aquella gente rarísima era obvia.

Voy a saltarme 25 años para pasar directamente al diagnóstico.

-Tienes trastorno límite de la personalidad-

El efecto más curioso que tienen esas palabras es una vez las oyes, sientes que te envuelve una etiqueta gigante que grita ‘Oh Dios, estoy oficialmente loca’.
Como si después de oírlo te convirtieras en una persona diferente.
Como si en 5 minutos hubieras mutado.

Y llegado el momento de contárselo a tus amigos, sus expresiones cambian como si acabaran de ver la luz y de pronto comprendieran todo: ‘Ahhh, así que era esto, tenía nombre!’

Lo primero que me gusta aclarar es que soy la misma persona antes y después de contarlo.

Y el siguiente paso es evitar a nuestro amigo Google, que asusta y mucho. Al parecer los TLP’s llevamos cutters en el bolso, somos manipuladores y hay que tratarles como si de animales heridos se tratase.

Lo peor del TLP es la etiqueta de TLP. Es muy fácil caer en la trampa de pensar que toda tu vida gira en torno a eso, aunque hubieras vivido con ello más de 20 años sin saberlo.
Es que te digan que porque tienes TLP puedes permitirte faltar a trabajar, porque claro, tus emociones están al límite y tienes que aceptar que tienes una disminución y que no puedes estar al 100%.

Sí, efectivamente, era la oveja negra del grupo de terapia.
Siempre había dado el 100% en todos mis trabajos hasta que me convencieron de que tenía un trastorno. La etiqueta consiguió que me sintiera incapaz de hacer un montón de cosas y tenía la excusa perfecta; tengo una enfermedad mental. Y eso ¿Quién tiene huevos de rebatirlo?

Ahora arranquemos la etiqueta de cuajo.
¿Qué queda?
Queda la intensidad.
En todas sus formas.

He vivido cada año de mi vida con una intensidad de ensueño.
No he pasado ni un solo día sin vivir.
Y a pesar de que la realidad tiene la mala costumbre de cruzarse en mi camino para traerme bofetones o cubrirme con su gris, nunca he dejado de crear cuentos de hadas.

Nunca he dejado de viajar, de buscar aventuras hasta en los ascensores,
de enamorarme; de Dios y  de los hombres.
de drogarme con María y poesía, de querer a mi familia, a mis amigos: los de alas transparentes, y los que siempre ven ‘la flor en un campo en ruinas’.

Me uno a la risa de los relámpagos y al llanto de los diluvios.
Y nunca he dejado de vivir, con una intensidad de ensueño.

¿Y si volviera a nacer? Me pido el cerebro roto.

tormenta

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